miércoles, 5 de mayo de 2010

Enseñanzas paulinas sobre la oración

a) Oración y experiencia espiritual. No es posible separar la enseñanza de san Pablo de su experiencia espiritual. Él no enseña cosas diversas de aquellas que adquirió antes espiritualmente: <<El gran apóstol de los gentiles, Pablo, no sólo era movido apasionadamente por las ideas que predicaba, mas el movimiento mismo de sus ideas puede comprenderse –en buena parte- sólo en base a su experiencia íntima, personal>>[1]. Por esta razón, su oración está plenamente entrelazada con su enseñanza y este hecho se refleja en alguna de sus cartas. La experiencia espiritual que nutre la vida de oración de san Pablo, comienza en el camino a Damasco. Es la visión de Jesús lo que constituye el elemento decisivo, el secreto de la vida espiritual del apóstol. La visión del Señor define su vocación y le enseña una triple verdad: 1) El Cristo de los cristianos ha resucitado; 2) Él es el Señor (Dios); 3) Él vive en la comunidad cristiana a la que Pablo deberá unirse.

b) Cristo, centro de la oración. Para san Pablo la oración debe ser centrada en Cristo porque Él es el centro de la Revelación divina. Este hecho comporta dos realidades: 1) La oración es un encuentro con Cristo. Con el encuentro de Damasco se estrecha una amistad de la que Pablo es el beneficiario gratuito; 2) Jesús es el Hijo, y Jesús revela al apóstol convertido que Dios es Padre y le inspira una oración filial. En la medida en que la oración está centrada en Cristo, Dios no aparece más como un desconocido, sino como un Padre que está cercano a sus hijos, de manera que podamos dirigirnos a Él con confianza y llamarlo Padre, como Jesús nos ha enseñado. El corazón de la oración paulina, por lo tanto, es el reconocimiento de nuestra filiación divina, como tendremos oportunidad de ver enseguida.

c) El Espíritu Santo, autor principal de la oración. El cristiano, el día del bautismo, recibe como don al Espíritu Santo, que lo habita, lo santifica, lo transforma y lo torna imagen del Hijo. Y es el Espíritu del Padre y del Hijo, el autor principal de nuestra oración. En efecto, nosotros oramos en el Espíritu Santo porque es Él quien inspira nuestra oración, y al mismo tiempo ora en nosotros y nos hace descubrir nuestra condición de hijos de Dios.

La oración cristiana es una oración en el Espíritu: <<Eleven constantemente toda clase de oraciones y súplicas, animados por el Espíritu>> (Ef 6, 18). Sobre todo porque <<incita a la oración. Es Él quien genera la necesidad y el deseo de obedecer al <<Velen y recen>> recomendado por Cristo>>[2], a través de sus inspiraciones y mociones particulares al interior del alma del orante. Además, es una oración en el Espíritu porque hay una acción más íntima descripta en el pasaje de la Carta a los Romanos: <<El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos orar como es debido, pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables>> (8, 26). Nosotros no podemos saber qué es conveniente pedir; el objeto de nuestro deseo no puede ser por nosotros conocido sino mediante el Espíritu: <<…el Espíritu lo penetra todo, hasta lo más íntimo de Dios. ¿Quién puede conocer lo más íntimo del hombre, sino el espíritu del mismo hombre? De la misma manera, nadie conoce los secretos de Dios, sino el Espíritu de Dios>> (1Cor 2, 10b-11). Sólo el Espíritu Santo conoce perfectamente el fin trascendente de nuestro deseo. Solamente Él nos conduce hacia la auténtica oración haciendo que podamos dirigir a Dios las peticiones justas. <<Estamos en la raíz más íntima y profunda de la oración. Pablo la señala y nos hace pues comprender que el Espíritu Santo no solamente nos induce a la oración, sino ¡Él mismo ora en nosotros!>>[3].

Finalmente, el Espíritu Santo, Espíritu del Hijo, hace descubrir al hombre espiritual el misterio de su condición de hijo de Dios y lo impulsa a dirigirse a Dios como Padre. La oración es el grito que brota de este descubrimiento y de este amor. <<De cualquier modo, entonces, el Espíritu Santo transfiere a nuestros corazones la oración del Hijo, que dirige el grito al Padre>>[4]. Justo por esto, san Pablo no dice solo que el Espíritu <<ora en nosotros>>, sino también que grita en nosotros. La oración cristiana es la invocación del niño, la aspiración del hijo que tiende al Padre: es al mismo tiempo del Espíritu Santo y de nuestro espíritu, pero unificada en un solo acto, al punto que san Pablo puede decir que el Espíritu es el que grita en nosotros: <<Y la prueba de que ustedes son hijos, es que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: ¡Abbá!, es decir, ¡Padre!>> (Gal 4, 6), como que nosotros gritamos en el Espíritu: <<Hemos recibido un espíritu de hijos adoptivos por medio del cual gritamos: ¡Abbá!, ¡Padre! El Espíritu mismo certifica a nuestro espíritu que somos hijos de Dios>> (Rom 8, 15-16).

d) Oración y gratitud. No hay autor del Nuevo Testamento que haya dado al agradecimiento la importancia que el apóstol le otorga en sus escritos, en los que al término griego eucharistia, <<agradecimiento>>, recurre 12 veces, y eucharisteô, <<agradecer>>, 24 veces. Estos términos son los más usados por San Pablo para significar la oración, más aún que las palabras mismas “orar” y “oración”. Esto equivale a reconocer que San Pablo no concibe la oración cristiana fuera de la clave de la gratitud. Una y otra –oración y gratitud- se funden: son un comportamiento integrado y continuo en la conciencia y en las manifestaciones de fe. Para San Pablo, la gratitud no es solamente un comportamiento más, sino el comportamiento cristiano por antonomasia, que corresponde a la nueva existencia del cristianismo en Cristo, al hombre nuevo, renovado por la gracia (charis, en griego). Es la actitud filial de frente a los dones recibidos del Padre. En efecto, el presupuesto por el agradecimiento continuo es el reconocimiento de los continuos dones divinos. Es agradecido sólo quien recibe y sabe recibir. Por esto, San Pablo emplea el término griego eucharistós, <<aquel que agradece>> (Col 3, 15), como sinónimo del cristiano, y enseña que se debe orar con agradecimiento continuo: <<Den gracias a Dios en toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de todos ustedes, en Cristo Jesús>> (1Tes 5, 18; cfr Col 1, 11-12; 2,7). Más allá de recomendarla, San Pablo ha vivido y dado el ejemplo de esta gratitud, siempre en cada eventualidad: <<No dejo de dar gracias a Dios por ustedes, por la gracia que él les ha concedido en Cristo Jesús>> (1Cor 1, 4); <<…doy gracias sin cesar por ustedes, recordándolos siempre en mis oraciones>> (Ef 1, 16; cfr. Rom 1, 8; Fil 1, 3-4; Col 1, 3).

Por otra parte, San Pablo ha percibido más que nadie que la oración y la vida cristiana constituyen una realidad inseparable, porque ambas consisten, esencialmente, en agradecerLe a Dios. Él, de hecho, enseña que la vida cristiana debe ser un culto espiritual que prolonga el sacrificio eucarístico: <<Por lo tanto, hermanos, yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: este es el culto espiritual que deben ofrecer>> (Rom 12, 1).



[1] R. Schnackenburg, Il messaggio morale del Nuovo Testamento, Paoline, Roma 1981, p. 243.

[2] Juan Pablo II, Allocuzione, 17-IV-1991, n. 4.

[3] Ibid., n. 5.

[4] Ibid., n. 2.

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