viernes, 18 de diciembre de 2009

La Adoración


El acto fundamental que el ser humano debe cumplir ante Dios es la adoración, que manifiesta el respeto que surge de la profunda toma de conciencia de su condición de creatura. Ante la majestad divina, el hombre se inclina, no solamente por sumisión externa, sino también con un comportamiento interior de respeto y devoción, llamado adoración.

Adorar significa reconocer a Dios como quien es «todo», ante quien la creatura es «nada». Ésta no es «nada» en un sentido absoluto, porque si así fuera, no sería capaz de adorar; se trata de un «nada por sí mismo», que debe exclusivamente a Dios todo lo que efectivamente es y hace, ya que la creatura no sólo en su ser, sino también en toda su actividad depende de Dios: sin Él no es nada y no puede hacer nada. En este sentido, Santa Catalina de Siena oyó decir al Señor: «¿Sabes hijita, quién eres tú y quién soy Yo? Si supieras estas dos cosas, serías dichosa. Tú eres la que no es; Yo, en cambio, El que es».

El ser humano adora a Dios no sólo porque Él es absolutamente grande y poderoso. La adoración es posible porque en Dios se unen su ser y su dignidad. En efecto, en la misma medida en que Dios es el Ser Supremo por excelencia, es también Suma Verdad, Bondad, etc. El hombre no podría adorar un Dios que fuera solamente plenitud de realidad y poder, o al menos no lo haría de buena gana. Dicho de otro modo, el hombre se postra ante Dios, no sólo porque Él es el infinitamente Poderoso, sino también porque es el Verdadero, el Bueno, etc., y, por tanto, es digno de adoración. De este modo, el hombre que adora a Dios cumple un acto verdadero y justo en sí mismo. Recuérdese la visión del Apocalipsis donde los veinticuatro ancianos –representantes de la humanidad– ofrecen su corona a quien se sienta en el trono, se postran e, inclinándose, le dicen: «Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque Tú creaste todas las cosas y por tu voluntad existían y fueron creadas» (Ap 4, 11).

La adoración de Dios es necesaria para que el hombre pueda llevar una existencia auténtica, es decir, basada en la verdad. Ahora bien, el fundamento de la verdad consiste en el hecho de que Dios es Dios, mientras que el hombre es sólo una creatura de Dios. El hombre está sano cuando reconoce libremente esta verdad y se la toma en serio. La adoración es, por lo tanto, el acto en que tal verdad resplandece y es puesta en práctica. Así lo explica magistralmente Benedicto XVI:

«Delante de la Hostia sagrada, en la cual Jesús –por nosotros– se ha hecho pan que desde dentro sostiene y nutre nuestra vida (cfr. Jn 6, 35), hemos comenzado ayer por la tarde el camino interior de la adoración. En la Eucaristía, la adoración debe convertirse en unión (…). El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos han dado para que nosotros mismos seamos transformados. Nosotros mismos debemos convertirnos en Cuerpo de Cristo, consanguíneos Suyos. Todos comemos el único pan, pero esto significa que entre nosotros nos convertimos en una sola cosa. La adoración, hemos dicho, se convierte en unión. Dios ya no está solamente de frente a nosotros, como el Totalmente Otro. Está dentro de nosotros, y nosotros estamos en Él. Su dinámica nos penetra y desde nosotros desea propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo, para que su amor se convierta realmente en la medida dominante del mundo. Encuentro una alusión muy bella a este nuevo paso, que la Última Cena nos ha dado, en la diferente acepción que la palabra “adoración” tiene en griego y en latín. La palabra griega suena proskynesis. Significa el gesto de la sumisión, el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos seguir. Significa que libertad no quiere decir gozar de la vida, considerarse absolutamente autónomos, sino orientarse según la medida de la verdad y del bien, para convertirnos de ese modo nosotros mismos en verdaderos y buenos. Este gesto es necesario, aunque nuestra ansia de libertad, en un primer momento se resiste ante esta perspectiva. El hacerla completamente nuestra será posible solamente en el segundo paso que la Última Cena nos abre. La palabra latina es ad-oratio: contacto boca a boca, beso, abrazo, y por consiguiente, en el fondo, amor. La sumisión se convierte en unión, porque Aquel a quien nos sometemos es Amor. Así, “sumisión” adquiere un sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que nos libera en función de la más íntima verdad de nuestro ser»

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